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¿Qué es la hipersexualidad?




Hablar sobre la hipersexualidad no es una tarea sencilla. Principalmente porque la sexualidad es una conducta funcional que se nutre de factores individuales, sociales, culturales, étnicos o religiosos por solo considerar los más relevantes. Por tanto, lo que es excesivo e inapropiado para una cultura, puede no serlo para otra.

La sexualidad carga sus propios estigmas según la cultura o la época. Tomemos el ejemplo de la ninfomanía. En el siglo XIX era usado para diagnosticar una patología en mujeres que mostraban un deseo sexual “excesivo”.


Tomando en cuenta la época, el conocimiento, los estigmas y tabúes sobre la sexualidad femenina me surgen algunas preguntas. ¿Cómo se sabía lo que era un deseo sexual saludable? ¿Cuánto deseo era considerado excesivo? ¿Bajo qué criterios? ¿Quiénes tomaban estas decisiones?


El problema es que la hipersexualidad es una conducta que no connota una disfunción sexual o un comportamiento de tipo parafílico. Muchos autores ponen el punto de corte en el malestar que se experimenta al tener un patrón recurrente de encuentros sexuales con diversas personas, que son vistas por el individuo como meros objetos para la satisfacción de un deseo.


En este punto se podría establecer una analogía entre el sexo y el consumo de sustancias. La persona con una conducta que puede calificarse de hipersexual consume sexo, al igual que otros consumen sustancias. Veamos los criterios que se utilizan para el diagnóstico del trastorno hipersexual.


Criterios diagnósticos

Para ser diagnosticado con un trastorno hipersexual la persona debe, en primer lugar, tener durante un período mayor a seis meses, recurrentes e intensas fantasías, deseos, impulsos o conductas sexuales relacionados con al menos tres de los siguientes indicadores:

  1. El tiempo que consumen estas conductas, impulsos, deseos o fantasías, interfieren con otras metas, obligaciones y actividades no relacionadas con el sexo y que se consideran importantes para el desempeño cotidiano de la persona.

  2. Utilizar repetitivamente estas conductas, impulsos, deseos o fantasías para gestionar la frustración o las emociones negativas como la ansiedad, la tristeza, el aburrimiento o la irritabilidad.

  3. Utilizar repetitivamente estas conductas, impulsos, deseos o fantasías como medio de afrontamiento al estrés y las preocupaciones.

  4. Intentos repetidos e ineficaces de controlar o reducir estas conductas, impulsos, deseos o fantasías.

  5. Participar de forma reiterada estas conductas sin tener en cuenta el daño físico o emocional que se provoca a sí mismo o a otros.

Otro criterio diagnóstico lo constituye la presencia de un malestar emocional clínicamente significativo y/o dificultades en otras áreas del funcionamiento cotidiano del individuo como los estudios, el trabajo, las relaciones o la familia. Todo esto en relación, por supuesto, con estas conductas, impulsos, deseos o fantasías sexuales. Por último, este cuadro clínico no está directamente relacionados con el consumo de una sustancia externa como alcohol, drogas o medicación.

Las conductas sexuales más reportadas suelen ser masturbación, consumo de pornografía, relaciones sexuales consentidas (incluye uso de prostitución), cibersexo, sexo telefónico o frecuentar clubes de estriptis. Muchas personas reportan la combinación de varias conductas. Propongo revisarlas una a una. Diversos estudios han mostrado que es un trastorno que se reporta más por hombres que por mujeres.


¿Cuándo la masturbación se torna compulsiva?

De acuerdo con numerosos estudios, la masturbación compulsiva es el problema más referido por las personas que reúnen los criterios para ser diagnosticado con un trastorno hipersexual. No obstante, debo aclarar que la masturbación es una conducta sexual completamente funcional y saludable.


El problema es que ha sido estigmatizada durante casi toda la historia y aun es censurada por muchas personas y culturas. Alrededor del 97% de los hombres y el 80% de las mujeres reconocen haberse masturbado. El 70% de las personas casadas (hombres y mujeres) reconocen que lo hacen con cierta frecuencia. Obviamente, no es a este tipo de masturbación al que me referiré en este epígrafe.

En este caso me refiero a un impulso que a la persona afectada le es casi imposible de contener y que afecta su desempeño en diversas áreas. Es decir, la persona deja de realizar actividades que son importantes para masturbarse.

Aunque la masturbación se potencia con el consumo de pornografía, no necesariamente tiene que darse ligado al mismo. Este impulso también puede aparecer en los lugares menos adecuados como puede ser estando estacionado en el coche o en el trabajo.


Un consumo de pornografía preocupante

El acceso a contenido pornográfico gratuito está prácticamente masificado a través de Internet. Tanto que la educación sexual de muchos jóvenes se realiza mediante la pornografía. Ello los lleva a creer que muchas escenas extremas que ven en la red son las prácticas que deben imitar. Les parecen lo más normal, cuando realmente no lo son.


Un uso esporádico de pornografía como estímulo para la masturbación no suele constituir una dificultad. El problema viene cuando la cantidad de horas que se emplea para visualizar estos contenidos afecta el desempeño diario de las personas y a sus relaciones.


En este punto los criterios de tolerancia no solo vienen dados por la cantidad de horas que se emplean para ver pornografía, sino en los contenidos a los que se accede. Suele ocurrir que los usuarios se aburran del sexo “normal” y busquen materiales con prácticas cada vez más “osadas” o lesivas para sus practicantes.

El consumo de pornografía tiene sus riesgos, porque muchos usuarios buscan contenido de tipo parafílico en la medida que se incrementan los niveles de tolerancia a la pornografía. Dicho de forma más clara, se buscan escenas con menores o relaciones no consentidas con adultos que también impliquen sufrimiento y humillación.


Promiscuidad en las relaciones sexuales consentidas con otros adultos

Los criterios son los mismos que para las anteriores. El problema no radica en tener relaciones sexuales con otros adultos, dado que son consentidas. El problema viene dado por la frecuencia, el tipo de prácticas, la promiscuidad y la ausencia de vínculo con el otro.


Como decía al inicio del post la otra persona es tratada como un mero objeto mediante el que se satisface una necesidad. La relación está vacía de conexión o espiritualidad. El caso más claro es cuando se recurre compulsivamente al consumo de prostitución para satisfacer determinadas fantasías o impulsos.

Otro caso que llama la atención es cuando la persona con una conducta hipersexual busca compulsivamente relaciones extramatrimoniales. Muchas de estos encuentros suelen llevarse a cabo sin protección.


Cibersexo y sexo telefónico

El cibersexo se ha puesto de moda. Cuestión que es explicado por el fenómeno de la triple A: anonimato, accesibilidad y asequibilidad. Estas condiciones hacen que los chats sean un lugar ideal para el intercambio de textos, imágenes o videos de contenido sexual.


Aunque la mayoría de los usuarios hace un uso moderado y podríamos decir saludable de estos recursos, para cerca de un 20% este tipo de intercambio puede llegar a ser problemático y generar dependencia para un 2%.


Aquí volvemos al mismo problema que con la pornografía, pues en estos entornos suelen merodear muchos depredadores sexuales, sobre todo de menores. Las noticias de revelan casos como estos con más frecuencia de la que desearíamos escuchar.


Por su parte, el sexo telefónico tiene otros problemas asociados. Casi un tercio de sus usuarios muestran impulsos de tipo parafílico. Se ha estimado que cerca del 10% de los usuarios de estos servicios reúnen los criterios diagnósticos del trastorno hipersexual.


También la dependencia de este tipo de intercambios se puede constatar por graves problemas financieros para muchos usuarios, por sus altos costes. Por último, también se asocia a bloqueos en los números de teléfono de muchos usuarios.


Clubs de estriptis

Aunque puede haber otras formas de adicción al sexo, esta es la última que se reporta con cierta frecuencia. Aunque no existen estudios que puedan cuantificar el problema, pues las observaciones clínicas publicadas que la identifican como una pauta se han realizado de forma cualitativa y encubierta.


El perfil del usuario se puede dividir en tres grupos. Aquellos que van a beber y socializar, aquellos que van a ver a los bailarines en la barra y, por último, aquellos que solicitan bailes privados. Se ha estimado que el 80% de los clientes buscan experiencias de tipo pornográfica, pero un 20% lo que busca es compañía.

El mecanismo de enganche se da a través de una falsa sensación de intimidad entre el bailarín o la bailarina y el cliente. Este último llega a percibir y convencerse que la persona que baila se siente atraído por él o ella. Cuestión que le lleva a emplear más tiempo y dinero en buscar este tipo de interacciones.


A modo de conclusión

La hipersexualidad se caracteriza por la manifestación recurrentes de conductas, impulsos, deseos o fantasías de contenido sexual. El tiempo que consumen afecta el desempeño cotidiano del individuo. La ejecución de estas conductas o recrearse en las fantasías puede ser un medio para reducir el malestar emocional o afrontar las frustraciones y eventos estresantes de la vida.

Una característica muy importante para que se convierta en un trastorno es la ineficacia de los mecanismos de autocontrol. La persona intenta controlar o reducir la frecuencia con la que realiza estos comportamientos, pero fracasa continuamente.

Las conductas sexuales más reportadas suelen ser masturbación, consumo de pornografía, relaciones sexuales consentidas (incluye uso de prostitución), cibersexo, sexo telefónico o frecuentar clubes de estriptis. Muchas personas reportan la combinación de varias conductas.

Mantener estos comportamientos a lo largo del tiempo puede tener importantes consecuencias de salud, económicas y sociales.


¡Feliz semana!

Boris C. Rodríguez Martín PhD.

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