Los riesgos de vapear cannabis para los adolescentes



No son pocos los posts que he escrito para alertar sobre los riesgos del consumo de cannabis, sobre todo a determinadas edades y mayormente motivado sobre el amplio debate sobre su legalización.


Lo que me preocupa es que la aceptación y la permisividad que se observa con respecto a su uso recreativo, muchas veces se sostienen sobre mitos. ¡El cannabis no es una “droga blanda”!


Ello no quiere decir que me posicione en contra de determinados usos terapéuticos, nada más alejado de la realidad. No son pocas las drogas que se usan con estos fines ya sea para el abordaje del dolor o como psicofármacos.

El problema está cuando el uso se saca del contexto clínico o se “estiran” las regulaciones que deben regir su prescripción. Drogas como los opioides o los ansiolíticos pueden causar grandes estragos a la sociedad, cuando se abusa de su prescripción, convirtiéndose en verdaderas pandemias silenciosas.


Debido a ello, resulta importante sopesar los pros y los contras del consumo de cannabis, sobre todo cuando los fines recreativos se disfrazan de terapéuticos.

Sin embargo, este post pretende llevar el debate un paso más lejos: el vapeo de cannabis. Esta es una práctica que realizan muchas personas y que se suele considerar como de “bajo riesgo”. El razonamiento general sería algo así como, “si existen establecimientos legales que venden productos derivados del cannabis es que no debe ser muy peligroso”.


Es cierto que el cannabis no presenta la letalidad del fentanilo, pero los estragos que causa, sobre todo, en el cerebro de adolescentes en desarrollo están más que documentados. No obstante, el pasado de 23 de junio se publicó un interesante reportaje en The New York Times sobre el tema, del que creo que vale la pena hacernos eco.


“Esto ya no es divertido de ninguna manera”.

El reportaje comienza contando la historia de Elysse (no es su nombre real), una chica de 18 años que comenzó a vapear cannabis a los 14. Todo eran “ventajas”, era fácil ocultarlo a sus padres porque no olía y, además, era cómodo de usar: solo se trataba de apretar un botón y comenzar a inhalar.


Según sus propias palabras era “una locura” y todo “era divertidísimo”. El problema es que al tercer intento ya estaba enganchada.


Luego aparecieron lo que en la Clínica Recal para el Tratamiento de Adicciones suelen presentar todas las historias de las personas a las que se les ofrece ayuda, los denominados “picos de sierra”. Con el paso del tiempo y el incremento del consumo Elysse comenzó a experimentar cambios bruscos en estado de ánimo. En ocasiones, como efecto del consumo, sentía una gran tristeza y/o ansiedad.


También se relata un episodio donde se desmayó en la ducha y se despertó media hora después. Terminó desarrollando un síndrome de hiperémesis cannabinoide, que consiste en vómitos frecuentes producidos por el consumo de marihuana.


La chica y su familia sufrieron estos episodios durante un tiempo prolongado hasta que se esclareció el diagnóstico. Podía llegar a vomitar hasta 20 veces en el lapso de dos horas. Durante este tiempo eran frecuentes las visitas a urgencias y las hospitalizaciones.


Los que hemos tratado a los familiares de personas que padecen la enfermedad de la adicción sabemos que existe una vivencia que captura lo que sienten: desesperación.


Un solo episodio narrado por Elysse puede darnos la idea de lo que fueron meses de angustia. La autora del reportaje refiere que la chica le contó que estuvo vomitando en el baño de un centro comercial durante una hora. “Sentí que mi cuerpo levitaba”, fueron las palabras de la chica.


Logró mantenerse abstinente hasta que comenzó en la universidad, pero no demoró en recaer al descubrir que en su piso (aparentemente) todos sus compañeros fumaban. Había más diversidad y medios para consumir. Refirió sentirse atrapada, tener pensamientos sombríos y llorar desconsoladamente durante horas.


“Ay, bueno, solo es yerba”

Este fue el comentario de una madre al descubrir que su hijo adolescente consumía cannabis. Probablemente no sea muy diferente al comentario de otros millones de padres, madres y otros familiares cuando se enfrentan a una situación similar.


Este comentario captura el desconocimiento de que la concentración de cannabis en cada dosis ha cambiado notablemente y es tremendamente superior que la que podían haber consumido los propios padres cuando eran adolescentes.


Por ejemplo, el mismo artículo refiere que las concentraciones de THC (componente tóxico) en las muestras incautadas de cannabis en 1995 eran del 4%. En 2017 habían subido al 17% y hoy en algunos productos de comercialización legal puede superar el 95%.


Ello contrasta con la disminución de los niveles de CBD (componente no tóxico) de las plantas de cannabis. Muchos investigadores sugieren que, por esta, y otras razones, el cannabis que se está consumiendo hoy día sea más adictivo.


Es decir, la legalización de cannabis hace que las vías para el uso del cannabis se diversifiquen. No es necesario fumarlo, puede comerse en alimentos elaborados sobre su base o ser absorbido por la piel mediante cremas y aceites.


Dado que la mayoría de estos productos se compran en establecimientos me surge una pregunta. ¿Quién regula las concentraciones de THC que deben tener estos productos?


El consumidor sabe que existen entidades que regulan los componentes de determinados alimentos elaborados y medicamentos. Sabe que existen fechas de caducidad y cosas por el estilo. Por lo que es probable que asuma que lo mismo ocurre con los derivados del cannabis que compra en establecimientos legales.


¿Quién le pone el cascabel al gato?

Por ejemplo, el reportaje sobre el que baso este post brinda datos escalofriantes sobre el control de las cantidades de THC que deben tener los productos comercializables en los Estados Unidos. En ese país, el uso del cannabis con fines medicinales es legal en 31 estados, mientras que en 19 también lo es con fines recreativos, para mayores de 21 años.


Pues bien, solo dos le han puesto límites a la concentración de THC que deben tener estos productos y a las propias concentraciones de la planta. Sin embargo, podría interpretarse por los comentarios que son límites cosméticos sobre los que existen más dudas que certezas sobre su eficacia para controlar el problema.


Hay estados se debaten sobre si poner una etiqueta que advierta sobre los peligros del cannabis para la salud mental. Pero ni siquiera esto se concreta.


Quizás ocurre porque la propia industria del cannabis, que se resiste a que se le impongan lo que consideran “límites arbitrarios de potencia”. Considerando, a su vez, que “la mejor manera de mantener la marihuana lejos de los adolescentes es aplicar leyes que permitan a la industria del cannabis sustituir a los mercados ilegales”.


No sé, al ver el caso del OxyContin en la industria farmacéutica y las loot boxes en las de los videojuegos, me entran dudas de que la buena fe y los procederes éticos se antepongan a la obtención de ganancia en muchas otras compañías. La ausencia de regulaciones o la inacción de las propias entidades reguladores me hacen preguntarme si no será como dejar que el lobo cuide de las ovejas.

A modo de conclusión.

Entiendo que no todo el que se fuma unos porros desarrollará una adicción al cannabis. Que esto ocurra depende de otros muchos factores genéticos y ambientales. En definitiva, los casos más graves de adicción se van a identificar tarde o temprano y pueden ser tratados si buscan ayuda.


Lo que me preocupa es precisamente ese ruido que ocasiona la normalización de productos sin límite de potencia, que pueden ser consumidos por diversas vías y que a las personas les parecen seguros.


También me preocupa la pobre percepción de riesgo sobre el gran reto que representa adolescentes vapeando un cannabis más potente y adictivo que es difícil de detectar porque ya no deja olor en la habitación.


Muchos de estos adolescentes los adquirirán de alguna manera y no verán mucho peligro porque, aunque ellos no puedan comprarlos, lo venden en un establecimiento legal.


Algo similar ocurre con los padres que son permisivos, porque no entienden cuánto ha aumentado la potencia de estos preparados. Recordemos que prevenir es mejor que curar.


¡Feliz semana!

Boris C. Rodríguez Martín PhD.

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