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La psicología del botellón

Actualizado: 13 nov 2021




“Los disturbios provocados por el botellón en…” podrían ser el título de la canción de la primavera y el verano. Los botellones son un fenómeno frecuente y bastante normalizado. Este es un término que se utiliza en España para referirse a una reunión informal en espacios abiertos de libre acceso, donde suelen reunirse los jóvenes para beber alcohol, hablarl y escuchar música. Las bebidas alcohólicas las adquieren previamente en los comercios.


Hasta que explotó la pandemia de la COVID-19 los botellones eran considerados como un problema en ascenso que no podía controlarse, pero si manejarse si se hacían en sitios alejados. Las explanadas o polígonos eran un lugar ideal para hacer estas fiestas sin causar muchas molestias.


Esta solución es como meter el polvo debajo de la alfombra, el problema no se ve, pero sigue ahí. Algunos estudios sugieren que el número de botellones se ha venido incrementando con la llegada del nuevo siglo y milenio.


Al realizar una búsqueda en Google Académico pude encontrar más de 7000 resultados asociados a la palabra “botellón”. En las primeras 10 páginas de esta búsqueda, el artículo más antiguo que encontré era del 2002 y el más reciente de este mismo año. En uno de ellos se afirma que la primera referencia periodística que acuña el término botellón fue publicada en 1995.


El problema de los botellones es que se han masificado (de nuevo) al corazón de las ciudades, reuniendo a decenas de miles de personas. ¡No es posible ocultarlos! Peleas con la policía, delincuencia, actos de vandalismo o abusos sexuales son titulares demasiado frecuentes asociados a la palabra Macrobotellón.


El tema de los macrobotellones tampoco es nuevo (ni exclusivo de España). La convocatoria en la primavera del 2006 en España fue tan descomunal que quedó inmortalizada en Wikipedia. En esa ocasión los macrobotellones alcanzaron a las capitales de 20 provincias. La convocatoria se viralizó a través de los correos electrónicos. Se refleja que solamente el de Barcelona se saldó con 80 heridos y 54 detenidos.


Reuniones para beber en espacios abiertos y de libre acceso

El botellón ha sido calificado, a la vez, como proceso y espacio de socialización juvenil. Es una opción muy asequible para pasar el tiempo libre, y las redes sociales proveen un medio ideal para organizarlos. Es un espacio para reunirse y conectar con sus iguales fuera de los centros de ocio habituales.

Se dice que es un fenómeno que debe ser considerado desde la perspectiva de la iniciación juvenil hacia el mundo del adulto. En este sentido, el botellón no es más que la demanda de un espacio identitario en el que poder establecer amistad con otros jóvenes mediante la realización de conductas “de adultos”, como puede ser beber alcohol o ligar.


En estos artículos iniciales existían referencias a las molestias que ocasionaban a los vecinos. El ruido, la suciedad, los daños al mobiliario urbano, las alteraciones del orden y los actos de vandalismo eran las quejas más frecuentes. Tal es así, que en 2002 se propuso una “Ley antibotellón” que nunca llegó a aprobarse.


En fin, el botellón es una actividad de ocio desestructurada, llevada a cabo por jóvenes en espacios de libre acceso que no cuenta con ninguna supervisión. En los locales de ocio existen algunas reglas de juego básicas, al menos en lo referente al orden y cómo se solucionan los conflictos. Los locales de ocio también cuentan con un grupo de empleados que velan por que la cosa no se vaya de las manos.

La frecuencia con la que se participan botellón también está muy relacionada con el incremento de las adicciones y otras conductas de riesgo entre los más jóvenes. Veamos por qué ocurre esto.


Experimentación, uso y abuso de alcohol y drogas

En 2008 se publicaba en Psicothema un estudio sobre la relación existente entre el fenómeno del botellón y el consumo de alcohol y drogas en los adolescentes. El estudio analizó las conductas de casi 500 estudiantes de la ESO y el Bachillerato.

Los resultados mostraron que la participación regular de los estudiantes de la ESO en botellones alcanzaba el 30% de los encuestados. También se observó que aquellos que participaban con mayor frecuencia era más probable que terminaran abusando del alcohol, las drogas y realizando actos vandálicos. La tendencia se incrementa a medida que la edad disminuye. Por tanto, no es de extrañar que muchos de los detenidos por estas causas sean menores. ç


Un artículo publicado en 2020 en la Revista Española de Salud Pública muestra que esta realidad no ha cambiado mucho. En este estudio se obtuvo la información de casi 5000 adolescentes y se abordaron las prácticas de riesgo asociadas, dentro de las que se desatacan: conducir bajo los efectos del alcohol o las drogas; subirse a un vehículo con un conductor que se encuentra bajo los efectos del consumo; meterse en líos o peleas; sufrir un accidente o lesión; y, por último, ser víctima de una agresión sexual.


Un problema asociado a todo esto es que existe mucha permisividad entre los adultos y poca percepción de riesgo entre los adolescentes. ¡1 de cada 4 adolescentes se va de botellón! Otro problema son las creencias y expectativas positivas: divertirse y pasarla bien; ligar más; soltarse; sentirse feliz; ser más sociable o caer mejor a los demás suelen ser algunas de las más referidas.


“Que beban y se emborrachen, pero que no molesten”

Hace algún tiempo escribí un post para analizar por qué somos permisivos con el consumo de alcohol en los jóvenes. Algunas encuestas revelan que casi el 70% de los jóvenes ha consumido alcohol durante pasado mes. A ello contribuyen la facilidad para conseguir alcohol, el deseo de socializar, la permisividad familiar y la influencia de las redes sociales. Esta mezcla hace que se creen las condiciones necesarias para obtener la tormenta perfecta que hemos sufrido la primavera y verano pasados.


El rol de las redes sociales en la promoción de los botellones es fundamental, pues si un joven no va al botellón, de alguna manera está presente a través de los videos o fotos que comparten sus amigos y contactos. Estos contenidos generan la sensación de estarse perdiendo algo.


El rol de los establecimientos de ocio nocturno

Sin lugar a duda el cierre de los establecimientos de ocio nocturno, debido a las restricciones para frenar la propagación de la COVID-19, también es un factor para tomar en consideración. Al quedarse sin opciones de ocio muchos jóvenes sintieron que no les quedaban más opciones para socializar o divertirse. Al menos así lo reflejaban los comentarios de muchas personas que fueron entrevistadas.

El miedo a contagiarse con la COVID-19 nunca fue un obstáculo que paralizó este tipo de conductas y la vacunación masiva de muchos jóvenes este pasado verano terminó de disipar cualquier reserva. También hay que decir que el miedo a contagiar a terceros tampoco les detenía, aun cuando muchas campañas trabajaron en esta dirección. Salir, divertirse, socializar y pasarla bien parecen ser razones suficientes para poner en riesgo a otros convivientes del hogar. ¡Carpe diem!


Lo que sí es un hecho, es que con la reapertura de los establecimientos de ocio nocturnos ha coincidido una disminución del número de botellones. No quiere decir que una cosa sea causa de la otra, pero sí un factor a tomar en consideración.

Los jóvenes necesitan espacios de socialización y si no se los proveemos o les facilitamos el acceso, ellos lo van a encontrar por sí mismos. No creo que podamos parar los botellones con leyes, pero sí habilitando espacios abiertos que tengan algún tipo de supervisión u ofreciendo otras alternativas de ocio y acceso a actividades culturales, que sean económicamente más asequibles para la mayoría de los jóvenes.


¡Feliz semana!

Boris C. Rodríguez Martín PhD.







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