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El poder de la bondad para la recuperación de las adicciones




Suele afirmarse que la parte más difícil del proceso de recuperación de adicciones no es dejar de consumir, sino aprender a vivir sin consumir. Cuando una persona está atrapada por una adicción, dejar de consumir parece una meta lejana y casi inalcanzable. Tras tocar algún fondo, la intención de mantenerse sin consumir solo es capaz de sostener la conducta durante un tiempo, para luego volver a caer en la tentación.


Dejar de consumir es la primera parte del proceso, pero no es por mucho suficiente. Una persona puede mantenerse alerta, con puños y dientes apretados, solamente por un tiempo. Ello ocurre porque los recursos psicológicos con los que cuenta son limitados y tienen que dividirse entre muchas tareas. Como decía en el párrafo anterior, si esta es la única meta el conteo regresivo hacia el fracaso no ha hecho más que comenzar.


Por otra parte, aprender a vivir sin consumir implica un cambio profundo de conducta, hábitos y actitudes. Se dice que un adicto en recuperación debe cambiar una sola cosa, que es TODO. Quizás esta afirmación sea un poco extrema, pero ilustra el gran trabajo interior que requiere la recuperación de las adicciones.

En primer lugar, numerosos estudios señalan que este es un proceso que requiere ayuda. En segundo lugar, hace algún tiempo escribía que uno de los pilares básicos de este cambio consiste en la potenciación y desarrollo de un grupo de virtudes y fortalezas del carácter.


En el presente post me gustaría hablar de los beneficios del desarrollo de la bondad. No es un tema exclusivo de las adicciones y basta mirar las noticias para darse cuenta.


¿Qué es la bondad?


De forma general se entiende por bondad la capacidad, inclinación o tendencia natural a hacer el bien. Como concepto se puede aplicar tanto al carácter de una persona como a una acción. También se puede revestir un objeto o un símbolo con su significado.


Las personas que son identificadas como bondadosas se caracterizan por realizar buenas acciones y promover el bienestar de los que se encuentran a su alrededor. Realizar acciones humanitarias, aliviar el dolor, atender las necesidades básicas o promover los derechos de los demás son solo algunos ejemplos.


La bondad no viene sola, se acompaña de otros valores como la solidaridad, la humildad, la generosidad y el respeto. Por lo general es un rasgo que identifican los demás en una persona, pues el “autodiagnóstico” no suele ser una señal de ir por el buen camino.


La bondad implica una gran paradoja, porque beneficia no solo al que la recibe sino al que la ofrece. ¡Ser bondadoso con los demás tiene consecuencias positivas para uno mismo!


La bondad se manifiesta en las grandes acciones y en las grandes causas, pero también en las cuestiones más simples de la vida cotidiana. A veces simplemente se trata de se amable. Si tuviera que medir la bondad, diría que la amabilidad es su unidad de medida más pequeña.


La amabilidad como la dimensión cotidiana


Como señalaba, creo firmemente que la amabilidad es la dimensión más pequeña y cotidiana de la bondad. Una sonrisa o un pequeño gesto cuestan muy poco. No se necesita tener el temple de Mandela, Gandhi o La Madre Teresa de Calcuta para ser amables. Charles Chaplin solía decir que “una sonrisa cuesta poco y produce mucho”.


La amabilidad tiene, además, la cualidad de ser medible. En el modelo de personalidad de Los Cinco Grandes (Big Five) es una de sus dimensiones más importantes. Dentro de esta categoría se agrupan los rasgos de compasión, confianza, honradez, altruismo, modestia o sensibilidad. De hecho, en este modelo es una cualidad donde el hecho de ser amable/compasivo se opone a ser desafiante/racional.


Diversas investigaciones han mostrado que realizar un acto amable activa una respuesta de recompensa a nivel cortical. Al actuar de forma amable, una persona experimenta una sensación placentera para sí misma. A esta sensación se la conoce como el “subidón del ayudante”.


Al parecer estamos diseñados para ser amables en la misma medida que estamos diseñados para ser crueles, como si de dos caras de una misma moneda se tratase. Las preguntas entonces serían cuál compensa más, por qué camino me llevará cada una, qué consecuencias tendrán.


¿Qué dicen los estudios sobre la amabilidad?


Una revisión publicada en 2018 por el Journal of Experimental Social Psychology analizó los resultados de 27 estudios experimentales sobre el efecto de la amabilidad sobre el bienestar de aquel que la ofrece. La muestra analizada superaba las 4000 personas y los resultados revelaron un efecto de pequeño a mediano, que no dependía del sexo, la edad o cualquier otra variable analizada.


No debemos subestimar un tipo de efecto de pequeño a mediano en este contexto. Pensemos en el mismo a modo de efecto mariposa. Se sugiere que este efecto podría deberse a nuestra naturaleza social: estamos predispuestos a conectar con otros y ayudarnos mutuamente. Quizás sea debido a ello que un acto de amabilidad genera una sensación placentera en aquel que lo ejecuta.


Recuerdo una frase que dice “recordar es volver a vivir”. En esta dirección se enfocó un experimento publicado el pasado año en el Journal of Positive Psychology. Los autores compararon el efecto entre realizar y recordar un acto amable o bondadoso. El experimento tuvo una duración de tres días y más de 500 participantes fueron divididos en cuatro grupos.


El primer grupo debía realizar tres conductas amables en un lapso de 24 horas. Por su parte, el segundo grupo, además de realizarlos, debía recordarlos al día siguiente. Al tercer grupo solamente se les pidió recordar actos de amabilidad y el cuarto funcionó como control.


Los resultados fueron sumamente interesantes porque, como quizás pueda adivinar el lector, ser amable o recordar haberlo sido tuvo mayor efecto sobre el bienestar personal que no hacer nada. Sin embargo, lo más relevante fue que no hubo diferencias entre hacer y recordar.


También se observó que parece ser más sencillo obtener bienestar de recordar haber sido amables que de serlo en el presente. Este resultado nos debe poner en alerta con actitudes autocomplacientes. En el diario que llevan los pacientes de la Clínica Recal para el Tratamiento de Adicciones se les pide que indiquen si han sido amables durante el día. Esto es una buena forma de ejercitar el hacer y el recordar en el presente.


Amabilidad, ayuda mutua y recuperación de adicciones


Dentro de los esquemas de ayuda mutua para la recuperación de adicciones, donde un ejemplo a resaltar pueden ser los grupos que siguen el programa de los 12 Pasos, la amabilidad es una virtud que se practica de forma cotidiana. Existen muchos ejemplos, como dar la bienvenida a un recién llegado o a un compañero que vuelve de una recaía.


Estar disponible para atender una llamada de un compañero en apuros y dar nuestro tiempo y experiencia también es un gran acto de altruismo y amabilidad. Este tipo de programas parece estar diseñado para el desarrollo de un numeroso grupo de virtudes prosociales que ayudan a la persona que padece esta enfermedad a salir del aislamiento y el egocentrismo.


También los actos de servicio que realizan los miembros de estos grupos en instituciones sanitarias, comedores sociales o prisiones pueden ser considerados como actos que desarrollan la bondad. El efecto de estas acciones sobre el bienestar de aquellos que se encuentran en el camino de la recuperación es constantemente documentado en los millones de testimonios que se transmiten cada día.


La recuperación de adicciones es un área donde se ejemplifican a la misma vez, la paradoja y el poder de la bondad. Un adicto no es capaz de ayudarse a sí mismo, pero sí de ayudar a otro. Al final es el desarrollo de la bondad uno de los elementos que lo libera de las garras del consumo a la vez que le enseña una forma de vivir sin consumir.


¡Feliz semana!

Boris C. Rodríguez Martín PhD.



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