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El consumo de ansiolíticos en adolescentes en España




Hace algunos días diversos medios se hacían eco de una alerta emitida por el Ministerio de Sanidad por el incremento del consumo de ansiolíticos y somníferos entre los adolescentes. Su consumo es reportado por el 25% de las chicas frente al 15% de los chicos.


Dos de cada diez adolescentes afirman haberlos consumido en los últimos 30 días y un 4% lo hace a diario. También resulta preocupante que la edad de inicio de consumo ronde los 14 años y las dosis y la frecuencia se incrementen con la edad. Por ejemplo, a los 14 años solo el 9% de las chicas reportaba haberlos consumidos en el último mes, subiendo al 12% a los 18 años.


Estas cifras incluyen el consumo de estos medicamentos con o sin receta médica. La necesidad de aceptación en las redes sociales o el acoso, sobre todo a través de Internet, son algunas de las causas más referidas, aunque están lejos de ser exclusivas.


También existe relación entre el uso compulsivo de Internet y este fenómeno. Después de declarársela Pandemia y a partir del confinamiento, se ha observado que el número de horas en Internet se ha incrementado un 25%. De esta forma están más expuestos al ciberacoso y a la “tiranía de los Likes” en las redes sociales.

En definitiva, esta demanda de psicofármacos no es más que una muestra del incremento de los problemas de salud mental presentes en adolescentes y jóvenes. Cuestión que tiene su mayor exponente en el crecimiento desproporcionado de los pensamientos de suicidios, intentos de suicidios o las propias tasas de suicidio en este grupo de edades.


Me gustaría dedicar este post a analizar el trasfondo de esta noticia. Lo primero que debo decir es que el consumo de ansiolíticos y sedantes en adolescentes no es un tema nuevo, aunque sea noticia y que existen muy buenos estudios que nos permiten entender el problema. De esta forma os invito a revisar la evidencia.


¿Cuál es el perfil de riesgo?


Hace más de 10 años fue publicado un estudio en Addictive Behaviors que detectaba algunas particularidades y rasgos que eran comunes a muchos adolescentes, que mostraban un patrón de abuso de ansiolíticos y sedantes. Para ello entrevistaron y evaluaron a más de 700 adolescentes internados en diversos centros por problemas de conducta.


Los resultados del estudio revelaron que alrededor del 35% de estos adolescentes tendía a mostrar un patrón de abuso de ansiolíticos y sedantes. Los investigadores pudieron establecer tres perfiles que permitían predecir distintos niveles de abuso.


El primero de ellos, que era el de mayor riesgo, incluyó a jóvenes con elevados indicadores de malestar emocional que interactuaba con diversas alteraciones psicopatológicas como la somatización, depresión, ansiedad y fobias. El segundo grupo incluía a jóvenes con problemas menos severos de salud mental.


En estos dos grupos el abuso estaba relacionado con la gestión de los problemas de salud mental. Sin embargo, solo se observó el abuso asociado al uso recreacional en un subgrupo de jóvenes con una conducta netamente antisocial y en interacción con otros rasgos disfuncionales de su personalidad.


Los resultados de este estudio deben ser interpretados con precaución porque no son representativos de la población general de adolescentes y jóvenes. De hecho, la mayoría eran chicos blancos, provenientes de zonas rurales.


Los usos no médicos de los ansiolíticos y los somníferos


Un estudio publicado en 2015 con una muestra mayor y más representativa de adolescentes (2700), provenientes de tres distritos escolares reveló resultados muy interesantes acerca del uso de estos medicamentos. En este estudio también interesaban aquellos a los que nunca se les había prescrito estos medicamentos, aquellos que sí, pero no los estaban tomando en el momento de la evaluación y, por supuesto, aquellos que los estaban tomando en el momento de la evaluación.

Los resultados revelaron que cerca del 10% de los adolescentes habían recibido al menos una prescripción para realizar un tratamiento con ansiolíticos o somníferos. Estos adolescentes tenían 10 veces más probabilidades de realizar usos no médicos de estos medicamentos que aquellos a los que nunca se les había prescrito.


“Experimentar” o “colocarse” eran los motivos más esgrimidos. También tenían 3 veces más probabilidades de automedicarse para tratar sus problemas de ansiedad o de sueño.


Otro estudio publicado en 2017 realizado con el mismo objetivo y que incluyó una muestra de más de 8000 participantes, reveló que alrededor de la mitad de los adolescentes que reciben tratamiento con estos medicamentos también los usan con fines no médicos.


Con esta muestra más amplia, la cifra de los que habían recibido tratamiento con ansiolíticos y/o sedantes subió al 20%. Este estudio también permitió determinar que en aquellos adolescentes que usan estos medicamentos con fines no médicos la probabilidad de desarrollar un trastorno por consumo de sustancias se incrementa sustancialmente.


En fin, se comienza siguiendo un tratamiento médico; pero en más de la mitad de los casos se suele continuar consumiendo estos medicamentos con fines no médicos y más adelante, se suele experimentar / abusar de otras sustancias ilegales. Es decir, el uso no médico de los ansiolíticos y somníferos en la adolescencia se convierte en un puente para el uso y abuso de otras sustancias ilegales.


¿Cuáles son las principales motivaciones para el abuso de estos medicamentos?


En un estudio publicado en 2006, en el caso de los ansiolíticos y los somníferos, las motivaciones para el uso sin prescripción no eran muy diferentes a las del uso con prescripción: 1) reducir la ansiedad y 2) dormir mejor.


Otro estudio que evaluó a más de 12.000 adolescentes y que fuera publicado en 2012 en el Journal of Adolescent Health reveló otros motivos más simples, además de los referidos en el párrafo anterior: 1) experimentar, 2) relajarse, 3) gestionar emociones o, simplemente, 4) “colocarse”.


El estudio de las motivaciones para el abuso de medicamentos de prescripción médica y el establecimiento de un perfil de riesgo, son elementos medulares que permitirán a los profesionales de la atención primaria detectar a los adolescentes más vulnerables y ofrecerles otras opciones. Eso, por supuesto, en un sistema de salud que no esté saturado y con profesionales que no estén quemados y dispongan de un mayor tiempo para realizar la evaluación.


¡Necesitamos más intervención psicológica!


“Lo barato sale caro” es una frase que escuchamos, pero no siempre aplicamos correctamente. Pareciera que prescribir un tratamiento con ansiolíticos podría ser más barato que costear un sistema de salud mental que favorezca la intervención psicológica para los problemas de malestar emocional, ansiedad o trastornos del sueño, entre otros.


Si analizamos los datos que he aportado en este post, donde más de la mitad de los adolescentes que reciben un tratamiento con ansiolítico está en riesgo realizar un uso no médico de estos medicamentos y mostrar un patrón de abuso que pueda servir de puente al consumo de otras drogas ilegales, veremos que podría costar menos favorecer la intervención psicológica.


Lo ideal es que se prescriba el medicamento en aquellos casos que realmente sea necesario y siempre en interacción con un proceso de intervención psicológica. No puede ser un sustituto de la falta de asistencia psicológica ni el único recurso.

¿Quién se beneficia con que las cosas sigan como están? ¿A quién le importa? ¿Quién puede hacer algo al respecto?


¡Feliz semana!

Boris C. Rodríguez Martín PhD.

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