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Consumo de ansiolíticos en España: una epidemia que no para de crecer.




Desde que comencé a escribir mis posts para el Blog de la Clínica Recal para el Tratamiento de las Adicciones cada año le dedico un tema al consumo de ansiolíticos en España. El último fue publicado en noviembre del 2021 y constituía un resumen del período vivido desde el inicio de la Pandemia de la COVID-19 hasta los destrozos ocasionados por la erupción del Volcán de La Palma.

El consumo de éstos y otros psicofármacos ya era un problema mucho antes de que la COVID-19 irrumpiera en nuestras vidas y nos obligara a confinarnos. No solo parece serlo también después, sino que la cosa tiende a agravarse.

Resulta difícil que alguien no conozca a alguien que los consuma. Un familiar, un amigo, un compañero de trabajo o estudios. A finales de agosto pasado la prensa nacional retomaba el tema hablando en un tono muy contundente de una España anestesiada y drogada.

Los datos de los que el autor del trabajo se hace eco, nos muestran que en 2021 casi se arriba a las 100 dosis diarias de ansiolíticos e hipnóticos por cada 1000 habitantes. Si comparamos estos indicadores con los de 2019 podremos ver cómo el consumo de estas sustancias se incrementó en más de un 5%.

Otro dato de peso es que el consumo se va incrementando con la edad, hasta alcanzar niveles alarmantes entre los adultos mayores, sobre todo para las mujeres. En un post anterior hablaba de una epidemia “silenciosa”, pero dudo que hoy día la podamos calificar de esta manera.

El problema va mucho más allá de comprender que, aunque estas drogas las prescriba un médico son muy adictivas. Si la solución cuando las personas van ganando tolerancia es aumentar las dosis, mal camino llevamos a la hora de prevenir la dependencia.

El problema también incluye el hecho de que, en ausencia de otros recursos que impliquen la intervención psicológica, engancharse a estos medicamentos se va convirtiendo prácticamente en la única forma de afrontamiento disponible. Echemos un vistazo a la situación actual para ver que motivos para padecer preocupaciones, ansiedad y estrés no nos faltan.

“Se acerca el invierno”

Hace unos días escuchaba en la tele a una ministra alertar que el invierno iba a ser muy duro. A mi mente vino aquella famosa frase que anunciaba que “se acerca el invierno” y que repetían como un mantra muchos personajes de la serie Juego de Tronos.

Al menos en la serie todo el estrés y expectativas que nos generaron durante siete temporadas se disipó con el fiasco de la octava: el invierno llegó y se lo cargaron en un mísero episodio. Firmaría porque esta alerta solo se quede en humo.

Volviendo a la realidad, es cierto que las nuevas preocupaciones y situaciones detonantes del estrés parecen llegar por todos lados a una población que ya venía agotada desde que rebasó el confinamiento. ¡No ha habido respiro desde el 2020! ¿Cuáles son los problemas de hoy?

Por supuesto, destacan los temas económicos que se han visto agravados tras la Guerra en Ucrania, pero no son los únicos. La subida del precio de la electricidad, el combustible y muchos productos básicos de la cesta de compra. ¡Qué decir de los picos históricos que están alcanzando los niveles de inflación!

No podemos olvidar que las secuelas del Volcán de La Palma siguen siendo una realidad para muchos. Por si fuera poco, la sequía y los incendios no han dado tregua este verano, provocando una ola de destrucción sin precedentes.

También están los problemas cotidianos con los que hay que seguir lidiando, como la soledad de muchos adultos mayores, la violencia de género, el acoso escolar, el incremento de la tasa de intentos de suicidio, entre otros muchos… y para colmo de males “se acerca el invierno”.

¿Qué está ocurriendo con los adolescentes?

Esta pregunta me surge al leer un artículo publicado en The New York Times en el mes de septiembre. El título elegido llama poderosamente la atención y es difícil pasar de largo cuando uno lee a una adolescente le recetaron 10 medicamentos psiquiátricos y no es la única.

La alarma se dispara porque se ha observado que es cada vez mayor el número de adolescentes a los que se les están prescribiendo medicamentos cada vez más potentes cuyos efectos no han sido probados para esta población, ya sea su uso individual o combinado.

El artículo comienza narrando la historia de una adolescente de Long Island en Nueva York, que acudió a consulta en 2017 buscando ayuda porque le abrumaba la idea de ir a la escuela. La ansiedad que sentía ante la idea era tal que la tenía paralizada.

Todo comenzó cuando un psiquiatra le prescribió Prozac y al disiparse el efecto entró en el juego la Venlafaxin que, por cierto, no está aprobada por la FDA para su uso en adolescentes. En 2021 se graduó bajo los efectos de cinco fármacos distintos. En el artículo, al que ofrezco el enlace más arriba, se puede ver los medicamentos que le fueron prescritos cada año durante ese período.

A partir de ahí el autor del artículo entra en la revisión a fondo del problema: lo extendida que está la prescripción de psicofármacos potentes a menores. Cita numerosos trabajos de revisión y artículos científicos que no me molestaré en replicar en este post, pues los interesados pueden ir y revisar el original.

Las cifras que se ofrecen son alarmantes y deberían hacernos pensar. Creo que la frase “esta es una generación de conejillos de Indias” debería ser más convincente que cualquier estudio para despertar las alertas de los padres. Los medicamentos son necesarios, pero existen muchos riesgos cuando su aplicación no se acompaña de un sistema de intervención psicológica basado en la evidencia.

“Más Platón y menos Prozac”

Hace más de 20 años se publicaba este provocador texto que alentaba a las personas a buscar en el conocimiento de la filosofía nuevas formas de afrontamiento a los problemas. En el artículo de prensa que cito al inicio del artículo se cita la opinión de Antonio Cano-Vindel, catedrático de psicología y durante muchos años presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, donde nos alerta acerca de no confundir la gestión emocional de un problema con sus soluciones clínicas.

Muchos de los tratamientos “crónicos” deberían ser suspendidos a partir de la cuarta semana. Sin embargo, ocurre todo lo contrario o bien se aumenta la dosis o se le acompaña de otro medicamento. Debería existir un sistema de atención psicológica donde derivar a estos pacientes para que desarrollen las herramientas de afrontamiento que necesitan.

Como bien se dice en el artículo, el primer obstáculo para lograr este objetivo en España es el propio sistema de salud. Un dato escalofriante es que apenas siete autonomías disponen de psicólogos clínicos cuando el 66% de las consultas de atención primaria se relacionan con problemas de salud mental.

El déficit de psicólogos y servicios de atención psicológica para hacer frente a estos desafíos es cuanto menos escandaloso. La sociedad debe tomar conciencia y exigir soluciones para estos problemas a sus representantes.

Lo que suele ocurrir es que los titulares de la prensa nos enfrentan a problemas más importantes o urgentes que no nos permiten, como sociedad darnos cuenta de la dimensión del problema. Al final del día, las personas seguirán buscando soluciones en el Prozac y no en Platón.

¡Feliz semana!

Boris C. Rodríguez Martín PhD


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